Robert Wilson (Waco, Texas, 14 de octubre de 1941- Nueva York, 31 de julio de 2025). Sus inicios en el teatro se remontan a su trabajo con el Children´s Theatre de la Universidad de Baylor, con niños con lesiones cerebrales. A partir de 1967 comienzan sus primeras perfomances en Manhattan notablemente influenciadas por el ejemplo de los conciertos de Cage, y próximas a los modos de pensamiento minimalistas. El mismo año realiza Poles, una instalación en plena naturaleza (en Ohio), teñida todavía por un cierto utopismo propio de la época. En 1968, crea la Byrd Hoffman School of Byrds, con la que Wilson cumplirá el tránsito que media entre sus primeras tentativas, happenings y perfomances, hasta su definitiva profesionalización. De estos primeros años, Wilson recuerda las enseñanzas de dos maestros: Sybil Moholy-Nagy, vinculada a la Bauhaus y profesora suya de Historia de la Arquitectura en New York y Paolo Soleri, cuyas clases seguirá en1966, durante una estancia en Phoenix (Arizona). Del mismo modo, la labor pedagógica de Wilson será notable y tendrá su máximo exponente en la creación, en 1992, del Watermill Center, un auténtico laboratorio teatral.
Sus años de formación están marcados por una serie de encuentros capitales. A nivel artístico los espectáculos de danza de George Balanchine, de Merce Cunningham en colaboración con John Cage y de Martha Graham. A nivel personal, se destacan tres encuentros: el doctor Daniel Stern y sus películas sobre la relación maternofilial, la colaboración con Raymond Andrews y con Chris Knowles. Toda su obra posterior no deja de mostrar las huellas de esta primera apertura. En los tres casos el foco está puesto sobre los niños, su fragilidad y su poder.
Estos inicios subrayan la pertenencia de Wilson a las corrientes vanguardistas, pero también sus diferencias: una apuesta posterior por el escenario a la italiana y unos montajes en los que la vanguardia se alía con un preciosismo que no rehúye la extrema belleza de un teatro que pronto será denominado como un “teatro de la mirada”.
La primera obra con la que Wilson inicia su andadura profesional es Deafman Glance -que supone la culminación de su colaboración con Andrews-, cuya presentación en París fue su carta de presentación en Europa. Le seguirán obras A Letter for Queen Victoria (1974), en colaboración con Knowles, donde introduce la palabra, el texto, pero en un uso radicalmente perverso. Después, el estreno de Einstein on the Beach (1976), marcará una nueva inflexión en su trabajo, incorporando por vez primera actores profesionales como Lucinda Childs y un músico como Philip Glass.
En 1984, Wilson estrena Medée de Marc-Antoine Charpentier y texto de Thomas Corneille y Medea -con libreto de Wilson a partir de la obra de Eurípides y música de Gavin Bryars-, precedido por un prólogo a partir de los textos de H. Müller: De ahora en adelante sus versiones de las obras dramáticas clásicas, de repertorio, serán cada vez más frecuentes.
Además de sus versiones de óperas y dramas clásicos, Wilson no dejó de trabajar en espacios de experimentación. Así, merecen citarse: De Materie (1989), con música de Louis Andreisen, What a Room: A Play for 3 Minutes (1990), Skin, Meat, Bone: The Wesleyan Project (1994), con música de Alvin Lucier, Relative Light (2000) con música de J.S. Bach y J. Cage, Prometeo (2001) con música de I. Xenakis, o más recientemente Ubu (2022) en Es Baluard Museu d’Art Contemporani de Palma de Mallorca, a partir de la obra de Alfred Jarry y de la adaptación de Joan Miró. A ello se sumaría su trabajo escultórico, sus dibujos o los diseños de muebles de sus propias escenografías.
En el teatro de Wilson se deja de confundir la escena con el espacio literario. En este mundo de lo real audio-visual, Wilson optó por un camino difícil: apostar por ampliar la percepción de los espectadores; reinventar los sentidos y afinar la percepción. En los montajes de Wilson, cuando el espectador entra en la sala, en algún modo, algo como el tedio ya se da por supuesto: el tedio de un presente aparentemente inmóvil, en cuyo interior sin embargo pasan una insólita cantidad de cosas diminutas, de una pulquérrima belleza. Del extravío primero el espectador pasa a interesarse por los detalles, a ratos se distrae con sus cosas, ensimismado, pasea aquí y allá y se va dejando solicitar por la legión de aspectos que se suceden, trabados por una lógica implacable que los mantiene ahí, flotando, como suspendidos en el presentimiento de un sentido.
El teatro de Robert Wilson invita con ello, a entrar en la dimensión del sueño, del arte, de la ilusión, de esa toda otra experiencia del ver y del escuchar que requieren tiempo, complicidad y entusiasmo. Por enseñarnos todo esto, muchas gracias Maestro.
Miguel Morey y Carmen Pardo Salgado

